Despertó de nuevo en el hospital, esta vez la paliza la había dejado peor de lo normal, últimamente los daños iban en aumento, ella ya tenía una edad y él incrementaba su saña cada vez que conseguía acercarse a ella.
Cuando volvió a casa decidió que ya era suficiente, estaba dispuesta a denunciarle y a pedir una orden de alejamiento, no pensaba tolerar ni una paliza más, aquella había sido la última vez que le pusiera la mano encima, su pequeña y maltratada autoestima asomó desde en rincón al que había sido relegada y se abrió paso dentro de ella, sí, él nunca más volvería a hacerle daño.
Llegó la orden de alejamiento, pero no servía de nada, él seguía acosándola, la perseguía cuando quería, se hacía el encontradizo cualquier tarde en cualquier rincón. Afortunadamente ella había podido esquivarle en todas esas ocasiones pero vivía pendiente de cada esquina, de cada sombra a su espalda.
Por fin tomó una decisión, si las medidas corrientes no tenían efecto sería ella, por si misma, la que pondría fin a la situación, decidió que tenía que tomar las riendas de su vida y no dejar que otro guiase su existencia.
Le costó encontrarlo pero al final lo consiguió, lo puso sobre la mesa del salón y se quedo largo rato mirándolo. Si lo utilizaba y funcionaba como ella creía, las consecuencias serían irreversibles, no habría marcha atrás y el riesgo era alto, pero ya estaba decidida y ahora no iba a dar marcha atrás; era él o ella y no tenía duda de quien era el que tenía que seguir adelante.
Madrugó, mucho más de lo necesario, eso le permitió sentarse tranquila a desayunar contemplando el cielo aun negro, profundo, inmenso. Pensó en como podía ser su vida cuando terminase el día y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
Cuando terminó el desayuno se dirigió al salón, lo cogió de la mesa del salón donde aun permanecía desde el día anterior y lo colocó en la mochila, en el bolsillo exterior para asegurarse de que fuese más efectivo, y salió a la calle. Notó el fresco de la mañana, más de lo habitual, sus sentidos estaban al nivel máximo de sensibilidad, descubrió que se encontraba muy nerviosa, aun así no era el momento de titubear, había determinado hacerlo y nada conseguiría desviarla de su objetivo, el resto de su vida dependía de ello y no podía abandonar.
Llegó al metro, era la hora punta y los andenes estaban repletos, se colocó en un rincón desde el que podía ver las entradas al andén. Al cabo de un rato le vio entrar, se ocultó tras la muchedumbre y comenzó a avanzar hacia él, debía hacerlo de forma cuidadosa sin ser descubierta, tenía que llegar hasta su lado sin que la viera. Llegó el tren, casi fue arrastrada dentro de un vagón, pero no era el vagón en el que debía estar, él estaba en el vagón anterior. Esperó ansiosa junto a la puerta hasta la siguiente estación para cambiar de coche. Una vez allí volvió a utilizar a la gente que se agolpaba en el interior para ocultarse en su avance hacia el objetivo. Un par de veces creyó ser descubierta, pero el amodorramiento matinal jugó a su favor y pasó desapercibida entre el resto de personas que la rodeaban.
Por fin alcanzó el lugar al que quería llegar, estaba a la espalda de él, podía oler su colonia, aquella que ella misma le había regalado en más de una ocasión, aquella que la había vuelto loca muchas veces en los tiempos en que las cosas eran diferentes y le amaba, por su mente pasaron algunos de esos momentos, se vio rodeada por sus brazos, haciéndole el amor con pasión. Sacudió esos recuerdos como se sacude una molesta mosca en un caluroso día de verano y volvió a la realidad, era el momento de finalizar lo que tenía planeado, se colocó la mochila en el pecho y levantó su mano.
Él estaba absorto en sus pensamientos, aun adormilado, cuando sintió que alguien le golpeaba ligeramente en el hombro. Se volvió extrañado pensando encontrase la cara de algún conocido, pero su sorpresa fue de tamaño descomunal cuando su vista se topó con el rostro de su exmujer ¿Qué diablos estaba haciendo ella allí? ¿Cómo demostraba tal audacia de venir a buscarle? Trató de abrir la boca para preguntarle pero, de repente, algo falló en su interior.
Ella le miraba fija, con la mirada del que se sabe vencedor y disfruta del momento, pudo ver su sorpresa inicial, su rápido cambio, el rictus de dolor que apareció en su cara, al sudor que comenzó a aparecer en su frente como gotas de rocío en la hierba, observó como el color abandonaba su faz y como desaparecía esa expresión de superioridad que solía mostrar cuando la miraba. Cuando se dio cuenta de que las piernas dejaban de sujetarle y se empezaba a doblar sobre si mismo decidió que era el momento de alejarse, su labor había concluido y no era conveniente que fuera identificada en las cercanías o levantaría sospechas. La fortuna estaba de su parte, en ese instante el tren entraba en la estación y para cuando alguien se fijó en que el hombre se desplomaba ella ya estaba saliendo por la puerta y dirigiéndose, sin volver la vista atrás, hacia las escaleras que la llevarían a la calle, alejándose definitivamente de su peor pesadilla. Al salir por la boca del metro le pareció que el sol brillaba como nunca antes lo había hecho, el aire viciado de la ciudad le pareció lo mejor que un ser humano podía respirar, se encontraba eufórica, llena de vida, liberada.
Epílogo.
A la mañana siguiente volvió a sentarse en la mesa de la cocina a desayunar, dirigió su vista al enorme imán procedente del motor de un ascensor que estaba sobre ella, le vinieron a la mente imágenes del día anterior, casi podía ver en su cabeza el mecanismo del marcapasos del hombre que había convertido su vida en una existencia detestable deteniéndose bajo la influencia del campo magnético generado por el imán acercado a su pecho en el interior de la mochila, sentía como los impulsos eléctricos que mantenían latiendo aquel corazón miserable cesaban de fluir, el corazón se había detenido y el suyo había vuelto a latir con alegría.
Intentó tener sentimientos de culpa por lo que había hecho, pero no podía, era imposible sentir algo diferente al desprecio por aquél al que una vez entregó su cariño y que le había devuelto humillación y angustia.Bebió el último sorbo de su café y decidió que nunca más pensaría en aquello, a partir de ese momento sólo ella importaba, tenía que recobrar el tiempo que le habían arrebatado y deseaba hacerlo cuanto antes.
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