Poco a poco la luz se fue abriendo paso entre las tinieblas. Comenzaba a despertarse, no podía recordar nada, aquel maldito dolor en la cabeza hacía que no pudiera concentrarse en nada más. Siguió intentándolo, pero el dolor era persistente y agudo, era un dolor profundo, llegaba hasta lo más profundo de su cráneo.
De repente algo le llamó la atención, podía oír unos murmullos lejanos, un leve rumor llegaba a sus oídos, hizo un esfuerzo supremo por entender algo de aquellos sonidos que parecía voces humanas. Alcanzó a escuchar un par de palabras:
- “....... muerte.........pobrecilla......”
Sólo eran dos palabras aisladas, pero fueron suficientes para que una oleada de miedo la sacudiera como hubiera pasado sobre ella el mayor de los tsunamis que pudiera imaginar.
El miedo la había espoleado y el dolor había sido relegado a un segundo plano. Intentó abrir los ojos, no sabía donde se hallaba, y necesitaba una referencia, algo que la ayudara a recordar que había sucedido en las últimas horas, no podía recordar nada y eso incrementaba aún más su miedo y su inseguridad. No hubo resultado, los ojos no querían abrirse. El resto de los sentidos también parecían desconectados, se imaginó a sí misma como una muñeca con las pilas agotadas en el fondo del baúl de los juguetes.
Intentó gritar para conseguir ayuda, pero no consiguió nada. Súbitamente tomó conciencia de que no estaba respirando, el terror creció de forma exponencial hasta niveles que jamás había conocido.
Las palabras oídas y este nuevo descubrimiento hicieron que, al fin, tomara conciencia de su actual situación. Estaba muerta.
Ahora la subida de la montaña rusa en la que había montado y a cuya cima la habían llevado las continuas oleadas de miedo, terminó y comenzó una bajada vertiginosa, bajaba a una endiablada velocidad hacia un estado de laxitud y abandono total. Todo había terminado, ya no había nada que hacer, era el fin. Nunca había imaginado que fuera así, de repente y sin saber cómo ni por qué. Esto hizo que, de nuevo, volviera a subir; no podía irse sin saber qué había ocurrido, necesitaba conocer las circunstancias del final de su vida, no deseaba abandonar esta existencia sin más, con la ignorancia de lo que la había llevado hasta este punto.
Ahora, más tranquila, podía pensar e intentar recordar las últimas horas y los acontecimientos que habían desembocado en su muerte. Comenzó por el último recuerdo que podía ver con claridad, estaba en casa, en la ducha, se preparaba para una fiesta a la que había sido invitada, hacía poco que había terminado una relación y necesitaba salir, airearse, conocer nuevas personas que le hiciesen olvidar...
Salió de casa y tomó un taxi, llegó a la fiesta pronto, no había mucha gente todavía, se tomó un par de copas y se acercó a un grupo. Mantenían una conversación acerca de algún tema aburrido que no consiguió atraer su atención. Paseó la mirada por la concurrencia, no parecía haber nada interesante; en ese momento cruzó la mirada con él, algo la atrajo y comenzó a acercarse.
Sintió una punzada en la cabeza, sabía que no era posible, en su actual estado no podía tener sensaciones de un cuerpo que ya no tenía vida, pero aún así sintió la punzada.
Continuó esforzándose en recordar, se vio sentada con él, tomando algunas copas, recordaba la sensación de atracción hacia ese desconocido que se acababa de cruzar en su camino. El recuerdo comenzaba a nublarse, supuso que por el efecto del alcohol. Salieron de la fiesta buscando intimidad.
Ahora la sensación de dolor se estaba volviendo de nuevo insoportable, pronto conocería el por qué de esta sensación. Se veía dentro de un coche, circulando por carreteras oscuras y apartadas, no tenía ni idea de cual era el destino final, suponía que algún lugar apartado donde disfrutarían de un buen rato de intimidad. El coche se detuvo cerca de una casona en un paraje apartado, bajaron del coche y él la invitó a entrar.
Entró en la casa, se veía un lujo discreto en la decoración, parecía una casa heredada de antepasados con muchos recursos pero con falta de continuidad en el presente. En el centro de la estancia, frente a la puerta había una gran escalera y a ambos lados de ella se veían varias puertas, se dirigieron hacia la mayor de ellas que conducía a un amplio salón con chimenea. Él le ofreció una copa y encendió el fuego. Aquello prometía ser una magnífica velada que la haría olvidar los problemas que no la dejaban dormir.
Charlaron un rato, mientras degustaban un delicioso licor que él servía cada vez que el nivel de líquido bajaba en las copas. La calidez del ambiente y el alcohol pronto hicieron efecto en ella, deseó ser abrazada. Él comenzó a acariciar su nuca suavemente, al ver que ella respondía favorablemente a su insinuación se lanzó y la besó. Hicieron el amor sobre la alfombra, frente al fuego y ella sintió que todas sus preocupaciones volaban lejos.
La despertó la luz del amanecer, se encontraba bien, más relajada, ahora se daría una ducha y volvería a casa, la noche había sido larga y le apetecía pasar el día en su rincón favorito con un libro y algo de música de fondo. Se levantó y se dirigió al baño.
En la ducha, de repente, cayó en la cuenta de que se encontraba sola. No había nadie a su lado cuando se había despertado. Le pareció raro pero no le dio mayor importancia, cuando terminase y se hubiera vestido, llamaría a un taxi. Pero ¿A qué dirección le diría que la fuera a recoger? Decidió no preocuparse más, disfrutar de la agradable ducha y ver más tarde como volver a casa.
Cuando estuvo vestida, bajó la escalera buscando la cocina, a pesar de que la ducha había hecho su trabajo espabilándola, necesitaba el complemento de un café, su dosis matinal para poder funcionar a pleno rendimiento.
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