jueves, 11 de febrero de 2010

Despertar (II)

Estuvo un rato trasteando por la cocina, pudo comprobar que, al igual que ya había detectado en el resto de la casa, el dueño era un verdadero obseso del orden y la limpieza. Ni una cosa que no estuviese impoluta y perfectamente colocada y alineada con sus semejantes dentro de los armarios.

Terminado el café decidió que lo mejor sería marcharse a casa, le apetecía pasar el resto del día tranquilamente tirada en el sofá, son su cómoda ropa de casa y su colección de viejas películas en blanco y negro que tanto le gustaba ver una y otra vez. Dejó la taza lo mejor colocada que supo en el impoluto lavaplatos, salió de la cocina, recogió su bolso y se dirigió a la puerta de la casa.

La puerta estaba cerrada. Le extrañó puesto que en el lugar donde estaba situada la casa no debería ser necesario cerrar conlleva, y mucho menos si había alguien dentro. Se dirigió a la puerta que había visto en la cocina y que daba a la parte posterior de la casa. También estaba cerrada. Comenzó a ponerse nerviosa y a pensar cual podía ser la razón de que las puertas tuviesen la llave echada.

Con un cierto punto de nerviosismo creciente comprobó que las ventanas, tanto del piso bajo como las del primer piso, estaban bloqueadas y tampoco era posible salir por ellas. Ahora se encontraba nerviosa y enfadada a partes iguales; realmente no comprendía lo que estaba pasando, lo que sí tenía claro es que en cuanto volviese el dueño de la casa iba a tener que soportar una buena bronca, no podía marcharse y dejarla encerrada sin más explicaciones y, desde luego, no iba a admitir un “lo siento, no me di cuenta” como respuesta.

Pasó un tiempo infinitamente largo esperando en la casa, a ratos paseando, a ratos sentada en el salón mirando a través del ventanal. Pensó varias veces en romper los cristales y salir por el hueco, pero no consiguió reunir el valor suficiente para hacerlo.

Por fin escuchó el ruido de un motor en el exterior, al poco vio como se abría la puerta de la casa y aparecía él en el umbral, inmediatamente se giró y cerró de nuevo con llave la puerta. Se lanzó hacia él para pedirle explicaciones pero, al verle la cara, fue consciente de la situación. Su cara era la de un niño malo contemplando el indefenso grillo al que ha atado un petardo y ve como se va consumiendo la mecha. Primeo experimentó un pánico profundo pero, en apenas un instante, éste cambio por rabia, no iba a morir como un escarabajo indefenso, lucharía por su vida y su libertad.

Intentó salir corriendo para refugiarse tras alguna puerta salvadora, pero él adivinó sus intenciones y la alcanzó en la puerta del salón antes de que pudiese cerrarla. La agarró fuertemente por los brazos y trató de inmovilizarla en el sofá. Por suerte, ambos cayeron al suelo y quedó libre. Se levantó de un salto y agarró lo primero que su mano pudo alcanzar, acto seguido golpeó la cabeza de su agresor con todas sus fuerzas. El jarrón se hizo añicos y pudo ver como uno de los trozas se calvaba profundamente en el cuello de aquel que intentaba volverla a atrapar.

La repentina ofensiva no hizo sino inyectar adrenalina en el torrente sanguíneo de él y volverle agresivo hasta el extremo. Comenzó a golpearla sin parar, salvajemente, con los puños primero y, una vez que ella cayó al suelo, con los pies y con algún objeto contundente que cogió.

Tras esto todo se volvió oscuro de nuevo, acababa de recordar el momento de su propia muerte, estaba furiosa con aquel individuo del que ni siquiera podía recordar el nombre.

De repente, empezó a tener un sentimiento extraño, parecía como si algo se rasgase a su alrededor, sentía algo que la levantaba del suelo, una especie de ingravidez extraña. Pronto fue consciente de lo que ocurría, había llegado el momento de abandonar su cuerpo e iniciar el viaje hacia la famosa luz blanca.

Empezó a ver formas a su alrededor, vio la estancia donde la habían llevado, incluso alcanzó a ver parte de su propio cuerpo lleno de golpes y heridas sanguinolentas. Se iba sin poder vengar su propio asesinato, no podía decirle a nadie lo que sabía, era posible que aquel mal nacido estuviese por ahí acechando a otra víctima, la ira que sentía en su interior se incrementaba por momentos, era como un huracán de fuerza máxima arrasando su pensamiento.

En el último instante, cuando ya se alejaba algo atrajo su atención, un cuerpo en una camilla no lejos de donde había quedado el suyo, toda su atención se centró en la herida del cuello, era la misma que ella recordaba haberle hacho con el pedazo del jarrón que le rompió en la cabeza, sí, había vengado su muerte, le había pagado con su misma moneda a aquel que le había arrebatado su vida, él también había muerto y ya no podría torturar ni hacer daño a nadie más. Esto calmó su espíritu, por fin sintió una enorme paz y tomó su último camino sin volver la vista atrás.

1 comentario:

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