lunes, 13 de diciembre de 2010

Llegó la ....

Las señales comenzaron de nuevo. Cada 12 meses llegaban de forma inexcusable.

Primero llegaba el frío, luego comenzaban a encenderse luces por doquier, surgían adornos florales y otros rojos o dorados por cada esquina, en los salones de la mayoría de las casas crecían árboles repletos de aderezos multicolores, las manos de los paseantes se llenaban de bolsas y los vendedores no cesaban de anunciar sus mercaderías.

Decididamente había llegado la hora; cogió su cartera, puso dentro el poco dinero que le había sobrado después de un largo año y se lanzó a la vorágine de compras.


viernes, 19 de noviembre de 2010

Adios

Llegó a casa como cada tarde, contenta, con ganas de conversar con él, de contarle lo imbécil que era aquel tipo al que tenía que soportar delante de ella durante ocho horas cada día. Pero esa tarde había algo distinto en la casa, nada más entrar notó que algo estaba sucediendo; su cuerpo se tensó, su mente se puso en estado de alerta.
Le llamó una, dos, tres veces... no hubo respuesta.
Buscó por la casa y no le encontró, a cambio halló una nota sobre la mesa de la cocina. Allí estaba lo que inconscientemente estaba buscando, lo que había presentido nada más traspasar el umbral de su hogar. Desplegó el manuscrito lentamente, pudo ver como se abría a cámara lenta, podía escuchar cada crujido del papel con total nitidez, nada más en el mundo existía para ella en ese instante.
Así comenzaba aquella misiva....


Lo siento, no puedo seguir fingiendo más.
La vida a tu lado ha cambiado, se ha convertido en una condena, llena de sinsabores y contrasentidos.
Hace tiempo que el amor e, incluso, la atracción física murieron. Cada día, al llegar a casa solo podía pensar en vivir lejos de ti, de tus continuos cambios, de tus decisiones cambiantes e ilógicas. Perdieron sentido las caricias y los besos, que sólo me aportaban desazón.
He estado fingiendo mucho tiempo, ocultando mis verdaderos sentimientos, poniendo una máscara sobre mi cara y mi alma, pero ya no consigo mantenerla en su sitio. No quiero que lo que llevo dentro salga y comencemos una batalla en la que sólo podemos conseguir hacernos daño los dos y en la que nadie ganará nada. Prefiero irme, desaparecer en un "mutis por el foro" que no aporte dolor a lo que, en un tiempo, fue una bonita relación.
No sé donde iré mas, aunque lo supiese, preferiría no decírtelo; quiero terminar aquí, no deseo volver a enfrentarme a esas lágrimas que muchas veces me han convencido aunque, en mi fuero interno, yo sabía que estaba cediendo con el único fin de no hacerte daño, pero no por convencimiento propio de que tuvieses razón.
No puedo terminar esta carta con besos o abrazos, simplemente:


El papel cayó al suelo, suave, flotando en un baile horrible, mostrando y ocultando aquellas letras que habían hundido una lanza en su pecho.
Ella se desplomó sobre la silla y su cabeza cayó sobre las manos apoyadas en la mesa donde tantas veces habían estado sentados, compartiendo comida y risas, todos los recuerdos se agolpaban en ese momento, pero lo único que consiguió hacer fue comenzar a llorar...


miércoles, 19 de mayo de 2010

Cristal

Allí estaba, erguido en su eterna postura sobre la estantería. El hombrecillo de cristal no podía apartar la vista de su amada. Había compartido muchas horas con ella, en la estantería del taller del cristalero: su Hacedor.

Ahora ella estaba sobre la mesa, lejos de él. Con la nueva apariencia que le había dado el Hacedor tras la desgracia.

Podía recordar la primera vez que la vio, aún desprendía el calor del horno de donde había surgido. Le habían gustado sus formas desde el primer momento y se dio la afortunadísima circunstancia de que a ella también él le había parecido encantador.

Pero un día toda la magia se rompió en mil pedazos, los mismos en los que se había convertido su amada al caer desde lo alto de la estantería hasta el duro suelo de mármol del taller. El Hacedor recogió los trozos, los puso en un crisol y los volvió a introducir en el horno; él siguió todo el proceso con una atención infinita desde su atalaya, vio como el crisol tomaba temperatura, como iba cambiando de color según recibía el calor, vio como los restos de la que había sido todo para él se fundían, observó atentamente como el Hacedor sacaba aquella pasta líquida del horno y la metía en un molde. Esperó paciente a que se enfriara y endureciese de nuevo.

Por fin llegó el gran momento, cuando fue retirado el molde y la nueva forma apareció ante sus vítreos ojos…. Y entonces, el hombre de cristal notó como una lágrima rodaba por su cara, su amada, el objeto de sus tribulaciones había sido convertida en….

miércoles, 21 de abril de 2010

El águila

Había un rey al que le regalaron una cría de águila. La cuidó con mucho cariño, mirando siempre que no le faltase de nada y que estuviese lo mejor posible en el nido que él mismo le había construido.

Pasó el tiempo y llegó la hora de que el ave comenzase a volar. Un soleado día de primavera la sacó al jardín y la colocó en una rama alta de su árbol preferido, esperando que se lanzase a volar de inmediato.

Pero sucedió que el águila permaneció posada en la rama toda la mañana, toda la tarde, la mañana siguiente y la tarde siguiente y así durante varios días. Al cabo de un tiempo el rey comenzó a desesperarse porque su pájaro no parecía tener interés en emprender el vuelo.

Llamó al cuidador de aves del reino y le encargó que consiguiese que aquél águila volase. Éste lo intentó durante varios días, pero no consiguió que el ave abandonase la rama. Desesperado, consultó con otros cuidadores del reino, pero nadie conseguía el objetivo marcado por el rey.

El rey pidió ayuda a otros monarcas que le enviaron a sus mejores expertos para intentar solucionar en problema. Unos intentaban asustar al animal con ruidos estruendosos, otros con movimientos vehementes, pero ninguno consiguió nada.

Un buen día pasó cerca de palacio un anciano vestido de forma sencilla que, al enterarse del problema del rey, se presentó en palacio he hizo una propuesta: intentaría hacer volar al águila y, si lo conseguía, quería como recompensa una pequeña casa y una pensión alimenticia para el resto de sus días. La proposición fue aceptada de inmediato y el viejecillo fue conducido hasta el jardín real donde pidió quedarse a solas con el ave.

Al poco todos pudieron ver al águila volando majestuosa sobre las torres del castillo. La gente se agolpó a la salida de los jardines para poder ver salir de allí al hombrecillo que había logrado lo que muchos sabios y expertos no habían conseguido. Al frente del gentío estaba el rey, que no pudo evitar la pregunta:

- ¿Cómo consiguió que volara?
- Corté la rama – contestó serenamente el anciano, que se dirigió hacia el pueblo cercano donde esperaba encontrar el alojamiento que le había sido prometido.

PS. Casi siempre la mejor motivación es la más sencilla.

jueves, 4 de marzo de 2010

El lago

Damian tenía una gran casa, varios coches y se permitía todos los caprichos que se le ocurrían. Pero gran parte del tiempo se sentía sólo y la cabeza la comenzaba a palpitar con un dolor que, más de una vez, le llevó a pensar que su cráneo iba a estallar. Cuando esto sucedía lo único que le calmaba era remar en el pequeño estanque que había en la parte posterior de la casa.

Aquel día, al levantarse, una idea empezó a germinar en su mente. Echaba de menos los viejos tiempos, aquellos en los que viajaba en metro, en los que se juntaba en su piso compartido con sus amigos a comer pizza y beber cervezas mientras veían una película en la televisión. A la hora del desayuno ya lo tenía decidido, antes de comer salieron de su ordenador las invitaciones para un fin de semana en su casa para aquellos a los que no veía desde hacía años.

Al fin llegó el fin de semana deseado y aparecieron los tres invitados. Sintió una gran alegría, algo en su interior se regocijaba y los dolores de cabeza, tan frecuentes últimamente, no le habían atacado en toda la semana. Cenaron juntos bebiendo cerveza y riendo mientras recordaban aquellas tertulias alrededor de la pizza traída de Luigi’s. La noche se alargó y se fueron a dormir casi al alba.

Judith, la única mujer del grupo, estaba ya en la cama a punto de quedarse dormida cuando la puerta de su habitación se abrió, despacio, como con timidez. Al momento vio la cara del visitante y le sonrió; como había sido siempre, venía a visitarla discretamente sin que los demás lo supieran.

Damian despertó casi a medio día, tenía la cabeza embotada, ya no era tan joven y los excesos pasaban la cuenta. Se duchó rápido y bajó a desayunar. Las caras del resto del grupo no eran mejores que la suya, eso le consoló.

Hasta la hora de comer no echaron de menos a Judith. No era normal que no se hubiese presentado al desayuno, pero lo que no se hubiese levantado a esa hora y no tenía ninguna explicación en ella, la más madrugadora del grupo habitualmente. Subieron a buscarla, golpearon la puerta pero ella no contestaba; finalmente decidieron entrar y, nada más abrir la puerta y asomar la mirada en aquella estancia, se arrepintieron de haberlo hecho. Todo se hallaba en su sitio, colocado como si nada hubiese sucedido, todo excepto la cama donde yacía Judith con los ojos muy abiertos y la cabeza en una posición que no parecía ser compatible con el hecho de que ella pudiese seguir con vida. Miró a los ojos de sus dos acompañantes pero no fue capaz de encontrar culpabilidad en ninguno de los dos, sólo vio pánico.

Bajaron la escalera casi sin rozar lo peldaños y llamaron a la policía inmediatamente. Se sentaron los tres en el salón, cada uno pensando en las posibilidades de que alguno de los otros hubiese sido capaz de llevar a cabo una acción semejante. Ninguno de ellos podía imaginar a otro partiendo el cuello de Judith en plena noche.

Jordan desapareció camino de la cocina, necesitaba tomar un café inmediatamente o se derrumbaría cual fardo de patatas en medio del salón. Sus dos compañeros permanecieron sentados con la mirada perdida en los ventanales por los que se veía el lago del jardín.

A los pocos minutos sintió el agradable paso del café caliente por su garganta, estaba disfrutándolo cuando sintió que algo se movía tras de él. La taza se estrelló contra el suelo haciéndose añicos y su cuerpo, sin vida, la siguió instantes después. Mientras tanto el tercero de los visitantes, Simon, yacía igualmente inerte en uno de los sofás.

Cuando llegó la policía no pudo encontrar al dueño de la mansión, sólo descubrieron su ropa en un bote flotando en el centro del lago. Mientras, Damian viajaba hacia el fondo de aquellas oscuras aguas, sin comprender por qué había matado a sus tres amigos, por qué acto segido había sentido el impulso de ponerse a remar hasta el centro del lago para después despojarse de sus ropas y dejarse caer en el agua gélida.

Pero la respuesta estaba en lo más profundo, donde con mezcla de horror y sorpresa se vio a si mismo, muerto, maltratado por el tiempo y el agua. De pronto empezó a comprender, su destino estaba escrito, se había escrito en día en que murió a causa de una broma de sus tres mejores amigos, que le arrojaron al lago del que no pudo salir. Comprendió que desde aquel momento indeterminado del pasado, se reencarnaría una y otra vez, conocería a tres personas, tendría éxito, compraría de nuevo aquella casa y mataría a los tres amigos antes de volver una vez más al fondo de aquellas aguas, ejecutando una y otra vez una venganza infinita por lo que le habían hecho.

jueves, 11 de febrero de 2010

Despertar (II)

Estuvo un rato trasteando por la cocina, pudo comprobar que, al igual que ya había detectado en el resto de la casa, el dueño era un verdadero obseso del orden y la limpieza. Ni una cosa que no estuviese impoluta y perfectamente colocada y alineada con sus semejantes dentro de los armarios.

Terminado el café decidió que lo mejor sería marcharse a casa, le apetecía pasar el resto del día tranquilamente tirada en el sofá, son su cómoda ropa de casa y su colección de viejas películas en blanco y negro que tanto le gustaba ver una y otra vez. Dejó la taza lo mejor colocada que supo en el impoluto lavaplatos, salió de la cocina, recogió su bolso y se dirigió a la puerta de la casa.

La puerta estaba cerrada. Le extrañó puesto que en el lugar donde estaba situada la casa no debería ser necesario cerrar conlleva, y mucho menos si había alguien dentro. Se dirigió a la puerta que había visto en la cocina y que daba a la parte posterior de la casa. También estaba cerrada. Comenzó a ponerse nerviosa y a pensar cual podía ser la razón de que las puertas tuviesen la llave echada.

Con un cierto punto de nerviosismo creciente comprobó que las ventanas, tanto del piso bajo como las del primer piso, estaban bloqueadas y tampoco era posible salir por ellas. Ahora se encontraba nerviosa y enfadada a partes iguales; realmente no comprendía lo que estaba pasando, lo que sí tenía claro es que en cuanto volviese el dueño de la casa iba a tener que soportar una buena bronca, no podía marcharse y dejarla encerrada sin más explicaciones y, desde luego, no iba a admitir un “lo siento, no me di cuenta” como respuesta.

Pasó un tiempo infinitamente largo esperando en la casa, a ratos paseando, a ratos sentada en el salón mirando a través del ventanal. Pensó varias veces en romper los cristales y salir por el hueco, pero no consiguió reunir el valor suficiente para hacerlo.

Por fin escuchó el ruido de un motor en el exterior, al poco vio como se abría la puerta de la casa y aparecía él en el umbral, inmediatamente se giró y cerró de nuevo con llave la puerta. Se lanzó hacia él para pedirle explicaciones pero, al verle la cara, fue consciente de la situación. Su cara era la de un niño malo contemplando el indefenso grillo al que ha atado un petardo y ve como se va consumiendo la mecha. Primeo experimentó un pánico profundo pero, en apenas un instante, éste cambio por rabia, no iba a morir como un escarabajo indefenso, lucharía por su vida y su libertad.

Intentó salir corriendo para refugiarse tras alguna puerta salvadora, pero él adivinó sus intenciones y la alcanzó en la puerta del salón antes de que pudiese cerrarla. La agarró fuertemente por los brazos y trató de inmovilizarla en el sofá. Por suerte, ambos cayeron al suelo y quedó libre. Se levantó de un salto y agarró lo primero que su mano pudo alcanzar, acto seguido golpeó la cabeza de su agresor con todas sus fuerzas. El jarrón se hizo añicos y pudo ver como uno de los trozas se calvaba profundamente en el cuello de aquel que intentaba volverla a atrapar.

La repentina ofensiva no hizo sino inyectar adrenalina en el torrente sanguíneo de él y volverle agresivo hasta el extremo. Comenzó a golpearla sin parar, salvajemente, con los puños primero y, una vez que ella cayó al suelo, con los pies y con algún objeto contundente que cogió.

Tras esto todo se volvió oscuro de nuevo, acababa de recordar el momento de su propia muerte, estaba furiosa con aquel individuo del que ni siquiera podía recordar el nombre.

De repente, empezó a tener un sentimiento extraño, parecía como si algo se rasgase a su alrededor, sentía algo que la levantaba del suelo, una especie de ingravidez extraña. Pronto fue consciente de lo que ocurría, había llegado el momento de abandonar su cuerpo e iniciar el viaje hacia la famosa luz blanca.

Empezó a ver formas a su alrededor, vio la estancia donde la habían llevado, incluso alcanzó a ver parte de su propio cuerpo lleno de golpes y heridas sanguinolentas. Se iba sin poder vengar su propio asesinato, no podía decirle a nadie lo que sabía, era posible que aquel mal nacido estuviese por ahí acechando a otra víctima, la ira que sentía en su interior se incrementaba por momentos, era como un huracán de fuerza máxima arrasando su pensamiento.

En el último instante, cuando ya se alejaba algo atrajo su atención, un cuerpo en una camilla no lejos de donde había quedado el suyo, toda su atención se centró en la herida del cuello, era la misma que ella recordaba haberle hacho con el pedazo del jarrón que le rompió en la cabeza, sí, había vengado su muerte, le había pagado con su misma moneda a aquel que le había arrebatado su vida, él también había muerto y ya no podría torturar ni hacer daño a nadie más. Esto calmó su espíritu, por fin sintió una enorme paz y tomó su último camino sin volver la vista atrás.

miércoles, 20 de enero de 2010

Despertar (I)

Poco a poco la luz se fue abriendo paso entre las tinieblas. Comenzaba a despertarse, no podía recordar nada, aquel maldito dolor en la cabeza hacía que no pudiera concentrarse en nada más. Siguió intentándolo, pero el dolor era persistente y agudo, era un dolor profundo, llegaba hasta lo más profundo de su cráneo.

De repente algo le llamó la atención, podía oír unos murmullos lejanos, un leve rumor llegaba a sus oídos, hizo un esfuerzo supremo por entender algo de aquellos sonidos que parecía voces humanas. Alcanzó a escuchar un par de palabras:
- “....... muerte.........pobrecilla......”

Sólo eran dos palabras aisladas, pero fueron suficientes para que una oleada de miedo la sacudiera como hubiera pasado sobre ella el mayor de los tsunamis que pudiera imaginar.

El miedo la había espoleado y el dolor había sido relegado a un segundo plano. Intentó abrir los ojos, no sabía donde se hallaba, y necesitaba una referencia, algo que la ayudara a recordar que había sucedido en las últimas horas, no podía recordar nada y eso incrementaba aún más su miedo y su inseguridad. No hubo resultado, los ojos no querían abrirse. El resto de los sentidos también parecían desconectados, se imaginó a sí misma como una muñeca con las pilas agotadas en el fondo del baúl de los juguetes.

Intentó gritar para conseguir ayuda, pero no consiguió nada. Súbitamente tomó conciencia de que no estaba respirando, el terror creció de forma exponencial hasta niveles que jamás había conocido.

Las palabras oídas y este nuevo descubrimiento hicieron que, al fin, tomara conciencia de su actual situación. Estaba muerta.

Ahora la subida de la montaña rusa en la que había montado y a cuya cima la habían llevado las continuas oleadas de miedo, terminó y comenzó una bajada vertiginosa, bajaba a una endiablada velocidad hacia un estado de laxitud y abandono total. Todo había terminado, ya no había nada que hacer, era el fin. Nunca había imaginado que fuera así, de repente y sin saber cómo ni por qué. Esto hizo que, de nuevo, volviera a subir; no podía irse sin saber qué había ocurrido, necesitaba conocer las circunstancias del final de su vida, no deseaba abandonar esta existencia sin más, con la ignorancia de lo que la había llevado hasta este punto.

Ahora, más tranquila, podía pensar e intentar recordar las últimas horas y los acontecimientos que habían desembocado en su muerte. Comenzó por el último recuerdo que podía ver con claridad, estaba en casa, en la ducha, se preparaba para una fiesta a la que había sido invitada, hacía poco que había terminado una relación y necesitaba salir, airearse, conocer nuevas personas que le hiciesen olvidar...

Salió de casa y tomó un taxi, llegó a la fiesta pronto, no había mucha gente todavía, se tomó un par de copas y se acercó a un grupo. Mantenían una conversación acerca de algún tema aburrido que no consiguió atraer su atención. Paseó la mirada por la concurrencia, no parecía haber nada interesante; en ese momento cruzó la mirada con él, algo la atrajo y comenzó a acercarse.

Sintió una punzada en la cabeza, sabía que no era posible, en su actual estado no podía tener sensaciones de un cuerpo que ya no tenía vida, pero aún así sintió la punzada.

Continuó esforzándose en recordar, se vio sentada con él, tomando algunas copas, recordaba la sensación de atracción hacia ese desconocido que se acababa de cruzar en su camino. El recuerdo comenzaba a nublarse, supuso que por el efecto del alcohol. Salieron de la fiesta buscando intimidad.

Ahora la sensación de dolor se estaba volviendo de nuevo insoportable, pronto conocería el por qué de esta sensación. Se veía dentro de un coche, circulando por carreteras oscuras y apartadas, no tenía ni idea de cual era el destino final, suponía que algún lugar apartado donde disfrutarían de un buen rato de intimidad. El coche se detuvo cerca de una casona en un paraje apartado, bajaron del coche y él la invitó a entrar.

Entró en la casa, se veía un lujo discreto en la decoración, parecía una casa heredada de antepasados con muchos recursos pero con falta de continuidad en el presente. En el centro de la estancia, frente a la puerta había una gran escalera y a ambos lados de ella se veían varias puertas, se dirigieron hacia la mayor de ellas que conducía a un amplio salón con chimenea. Él le ofreció una copa y encendió el fuego. Aquello prometía ser una magnífica velada que la haría olvidar los problemas que no la dejaban dormir.

Charlaron un rato, mientras degustaban un delicioso licor que él servía cada vez que el nivel de líquido bajaba en las copas. La calidez del ambiente y el alcohol pronto hicieron efecto en ella, deseó ser abrazada. Él comenzó a acariciar su nuca suavemente, al ver que ella respondía favorablemente a su insinuación se lanzó y la besó. Hicieron el amor sobre la alfombra, frente al fuego y ella sintió que todas sus preocupaciones volaban lejos.

La despertó la luz del amanecer, se encontraba bien, más relajada, ahora se daría una ducha y volvería a casa, la noche había sido larga y le apetecía pasar el día en su rincón favorito con un libro y algo de música de fondo. Se levantó y se dirigió al baño.

En la ducha, de repente, cayó en la cuenta de que se encontraba sola. No había nadie a su lado cuando se había despertado. Le pareció raro pero no le dio mayor importancia, cuando terminase y se hubiera vestido, llamaría a un taxi. Pero ¿A qué dirección le diría que la fuera a recoger? Decidió no preocuparse más, disfrutar de la agradable ducha y ver más tarde como volver a casa.

Cuando estuvo vestida, bajó la escalera buscando la cocina, a pesar de que la ducha había hecho su trabajo espabilándola, necesitaba el complemento de un café, su dosis matinal para poder funcionar a pleno rendimiento.

lunes, 18 de enero de 2010

Britelux

Habían pasado ya diez días y las lágrimas comenzaban a desaparecer de sus ojos. En esos diez días no había parado de llover, como si el clima se hubiese contagiado de su pena. Encontrar a su madre muerta, degollada en el jardín de su propia casa había sido un golpe horrible.

Sintió ganas de volver a ver el sol, entonces recordó que poco antes de aquel amargo día habían instalado las nuevas cortinas Britelux, un nuevo ingenio cuyo tejido era capaz de retener la imagen de los días de sol en su lado exterior y proyectarlos por la cara que daba al interior de la casa en los días de lluvia, de esta manera podía disfrutar de la vista de un precioso día soleado incluso en los perores días de tormenta.

Presionó el botón de inicio en el mando a distancia y, de forma inmediata, la cortina comenzó a cubrir el gran ventanal del salón. Tardó unos segundos en colocarse en posición y comenzar la imagen. Era un precioso día primaveral, se preguntó de cuando sería la imagen, pronto obtuvo la respuesta.

Vio como su madre aparecía en la escena caminando lentamente por el jardín, llevaba la ropa del día en el que todo había sucedido. Su corazón saltó dentro de su pecho, apenas podía creer lo que estaba viendo, apartó la mirada, sabía que podía estar a punto de ver como había sucedido todo, podía estar a punto de ver la cara del ejecutor...

Muchas veces lo había soñado, había perseguido en sueños al criminal sin poder llegar a verle la cara, entonces se despertaba en medio de la noche y buscaba refugio en los brazos de su marido. No habría podido superar aquel mazazo sin su ayuda; sabía que tener a su madre en casa había deteriorado su vida en común, pero desde el día en que ella había muerto, él se había mostrado más relajado y le había dado todo el apoyo posible para superar el dolor de la pérdida.

Obligándose a sí misma volvió la cara de nuevo hacia la escena que transcurría en la ventana de su salón. Su madre se había sentado a tomar el cálido sol de los primeros días de primavera, aún no era muy fuerte y era agradable sentarse en el jardín a disfrutar de la agradable sensación de los rayos de sol calentando la piel. Pronto apreció un nuevo personaje en escena, comenzó a hablar con su madre, al principio de forma pausada, pero seria. No podía escuchar lo que decían, pero si se dio cuenta que la persona que estaba de pie frente a su madre estaba poniéndose furiosa, cada vez gesticulaba más y de forma más violenta, de repente desapareció de la escena y retornó pasados unos segundos, llevaba un cuchillo enorme en su mano derecha, llegó donde la anciana y, sin pensarlo dos veces, le hizo un gran corte en la parte delantera del cuello.

Gritó, gritó tan fuerte que su grito se escuchó en cada rincón de la casa, no podía creerlo, había visto como mataban a su madre y había visto al autor, lo había visto con total claridad. El terror más profundo se apoderó de su ser, en este momento veía como su marido retornaba hacia la puerta de la casa con el cuchillo empapado de sangre en su mano.

De repente escuchó un sonido familiar en la puerta, ésta se abrió y oyó la voz de su marido:
- Cariño ya he llegado.

viernes, 8 de enero de 2010

Venganza

Despertó de nuevo en el hospital, esta vez la paliza la había dejado peor de lo normal, últimamente los daños iban en aumento, ella ya tenía una edad y él incrementaba su saña cada vez que conseguía acercarse a ella.
Cuando volvió a casa decidió que ya era suficiente, estaba dispuesta a denunciarle y a pedir una orden de alejamiento, no pensaba tolerar ni una paliza más, aquella había sido la última vez que le pusiera la mano encima, su pequeña y maltratada autoestima asomó desde en rincón al que había sido relegada y se abrió paso dentro de ella, sí, él nunca más volvería a hacerle daño.
Llegó la orden de alejamiento, pero no servía de nada, él seguía acosándola, la perseguía cuando quería, se hacía el encontradizo cualquier tarde en cualquier rincón. Afortunadamente ella había podido esquivarle en todas esas ocasiones pero vivía pendiente de cada esquina, de cada sombra a su espalda.
Por fin tomó una decisión, si las medidas corrientes no tenían efecto sería ella, por si misma, la que pondría fin a la situación, decidió que tenía que tomar las riendas de su vida y no dejar que otro guiase su existencia.
Le costó encontrarlo pero al final lo consiguió, lo puso sobre la mesa del salón y se quedo largo rato mirándolo. Si lo utilizaba y funcionaba como ella creía, las consecuencias serían irreversibles, no habría marcha atrás y el riesgo era alto, pero ya estaba decidida y ahora no iba a dar marcha atrás; era él o ella y no tenía duda de quien era el que tenía que seguir adelante.
Madrugó, mucho más de lo necesario, eso le permitió sentarse tranquila a desayunar contemplando el cielo aun negro, profundo, inmenso. Pensó en como podía ser su vida cuando terminase el día y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
Cuando terminó el desayuno se dirigió al salón, lo cogió de la mesa del salón donde aun permanecía desde el día anterior y lo colocó en la mochila, en el bolsillo exterior para asegurarse de que fuese más efectivo, y salió a la calle. Notó el fresco de la mañana, más de lo habitual, sus sentidos estaban al nivel máximo de sensibilidad, descubrió que se encontraba muy nerviosa, aun así no era el momento de titubear, había determinado hacerlo y nada conseguiría desviarla de su objetivo, el resto de su vida dependía de ello y no podía abandonar.
Llegó al metro, era la hora punta y los andenes estaban repletos, se colocó en un rincón desde el que podía ver las entradas al andén. Al cabo de un rato le vio entrar, se ocultó tras la muchedumbre y comenzó a avanzar hacia él, debía hacerlo de forma cuidadosa sin ser descubierta, tenía que llegar hasta su lado sin que la viera. Llegó el tren, casi fue arrastrada dentro de un vagón, pero no era el vagón en el que debía estar, él estaba en el vagón anterior. Esperó ansiosa junto a la puerta hasta la siguiente estación para cambiar de coche. Una vez allí volvió a utilizar a la gente que se agolpaba en el interior para ocultarse en su avance hacia el objetivo. Un par de veces creyó ser descubierta, pero el amodorramiento matinal jugó a su favor y pasó desapercibida entre el resto de personas que la rodeaban.
Por fin alcanzó el lugar al que quería llegar, estaba a la espalda de él, podía oler su colonia, aquella que ella misma le había regalado en más de una ocasión, aquella que la había vuelto loca muchas veces en los tiempos en que las cosas eran diferentes y le amaba, por su mente pasaron algunos de esos momentos, se vio rodeada por sus brazos, haciéndole el amor con pasión. Sacudió esos recuerdos como se sacude una molesta mosca en un caluroso día de verano y volvió a la realidad, era el momento de finalizar lo que tenía planeado, se colocó la mochila en el pecho y levantó su mano.
Él estaba absorto en sus pensamientos, aun adormilado, cuando sintió que alguien le golpeaba ligeramente en el hombro. Se volvió extrañado pensando encontrase la cara de algún conocido, pero su sorpresa fue de tamaño descomunal cuando su vista se topó con el rostro de su exmujer ¿Qué diablos estaba haciendo ella allí? ¿Cómo demostraba tal audacia de venir a buscarle? Trató de abrir la boca para preguntarle pero, de repente, algo falló en su interior.
Ella le miraba fija, con la mirada del que se sabe vencedor y disfruta del momento, pudo ver su sorpresa inicial, su rápido cambio, el rictus de dolor que apareció en su cara, al sudor que comenzó a aparecer en su frente como gotas de rocío en la hierba, observó como el color abandonaba su faz y como desaparecía esa expresión de superioridad que solía mostrar cuando la miraba. Cuando se dio cuenta de que las piernas dejaban de sujetarle y se empezaba a doblar sobre si mismo decidió que era el momento de alejarse, su labor había concluido y no era conveniente que fuera identificada en las cercanías o levantaría sospechas. La fortuna estaba de su parte, en ese instante el tren entraba en la estación y para cuando alguien se fijó en que el hombre se desplomaba ella ya estaba saliendo por la puerta y dirigiéndose, sin volver la vista atrás, hacia las escaleras que la llevarían a la calle, alejándose definitivamente de su peor pesadilla. Al salir por la boca del metro le pareció que el sol brillaba como nunca antes lo había hecho, el aire viciado de la ciudad le pareció lo mejor que un ser humano podía respirar, se encontraba eufórica, llena de vida, liberada.
Epílogo.
A la mañana siguiente volvió a sentarse en la mesa de la cocina a desayunar, dirigió su vista al enorme imán procedente del motor de un ascensor que estaba sobre ella, le vinieron a la mente imágenes del día anterior, casi podía ver en su cabeza el mecanismo del marcapasos del hombre que había convertido su vida en una existencia detestable deteniéndose bajo la influencia del campo magnético generado por el imán acercado a su pecho en el interior de la mochila, sentía como los impulsos eléctricos que mantenían latiendo aquel corazón miserable cesaban de fluir, el corazón se había detenido y el suyo había vuelto a latir con alegría.
Intentó tener sentimientos de culpa por lo que había hecho, pero no podía, era imposible sentir algo diferente al desprecio por aquél al que una vez entregó su cariño y que le había devuelto humillación y angustia.Bebió el último sorbo de su café y decidió que nunca más pensaría en aquello, a partir de ese momento sólo ella importaba, tenía que recobrar el tiempo que le habían arrebatado y deseaba hacerlo cuanto antes.