Había un rey al que le regalaron una cría de águila. La cuidó con mucho cariño, mirando siempre que no le faltase de nada y que estuviese lo mejor posible en el nido que él mismo le había construido.
Pasó el tiempo y llegó la hora de que el ave comenzase a volar. Un soleado día de primavera la sacó al jardín y la colocó en una rama alta de su árbol preferido, esperando que se lanzase a volar de inmediato.
Pero sucedió que el águila permaneció posada en la rama toda la mañana, toda la tarde, la mañana siguiente y la tarde siguiente y así durante varios días. Al cabo de un tiempo el rey comenzó a desesperarse porque su pájaro no parecía tener interés en emprender el vuelo.
Llamó al cuidador de aves del reino y le encargó que consiguiese que aquél águila volase. Éste lo intentó durante varios días, pero no consiguió que el ave abandonase la rama. Desesperado, consultó con otros cuidadores del reino, pero nadie conseguía el objetivo marcado por el rey.
El rey pidió ayuda a otros monarcas que le enviaron a sus mejores expertos para intentar solucionar en problema. Unos intentaban asustar al animal con ruidos estruendosos, otros con movimientos vehementes, pero ninguno consiguió nada.
Un buen día pasó cerca de palacio un anciano vestido de forma sencilla que, al enterarse del problema del rey, se presentó en palacio he hizo una propuesta: intentaría hacer volar al águila y, si lo conseguía, quería como recompensa una pequeña casa y una pensión alimenticia para el resto de sus días. La proposición fue aceptada de inmediato y el viejecillo fue conducido hasta el jardín real donde pidió quedarse a solas con el ave.
Al poco todos pudieron ver al águila volando majestuosa sobre las torres del castillo. La gente se agolpó a la salida de los jardines para poder ver salir de allí al hombrecillo que había logrado lo que muchos sabios y expertos no habían conseguido. Al frente del gentío estaba el rey, que no pudo evitar la pregunta:
- ¿Cómo consiguió que volara?
- Corté la rama – contestó serenamente el anciano, que se dirigió hacia el pueblo cercano donde esperaba encontrar el alojamiento que le había sido prometido.
PS. Casi siempre la mejor motivación es la más sencilla.
miércoles, 21 de abril de 2010
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