Damian tenía una gran casa, varios coches y se permitía todos los caprichos que se le ocurrían. Pero gran parte del tiempo se sentía sólo y la cabeza la comenzaba a palpitar con un dolor que, más de una vez, le llevó a pensar que su cráneo iba a estallar. Cuando esto sucedía lo único que le calmaba era remar en el pequeño estanque que había en la parte posterior de la casa.
Aquel día, al levantarse, una idea empezó a germinar en su mente. Echaba de menos los viejos tiempos, aquellos en los que viajaba en metro, en los que se juntaba en su piso compartido con sus amigos a comer pizza y beber cervezas mientras veían una película en la televisión. A la hora del desayuno ya lo tenía decidido, antes de comer salieron de su ordenador las invitaciones para un fin de semana en su casa para aquellos a los que no veía desde hacía años.
Al fin llegó el fin de semana deseado y aparecieron los tres invitados. Sintió una gran alegría, algo en su interior se regocijaba y los dolores de cabeza, tan frecuentes últimamente, no le habían atacado en toda la semana. Cenaron juntos bebiendo cerveza y riendo mientras recordaban aquellas tertulias alrededor de la pizza traída de Luigi’s. La noche se alargó y se fueron a dormir casi al alba.
Judith, la única mujer del grupo, estaba ya en la cama a punto de quedarse dormida cuando la puerta de su habitación se abrió, despacio, como con timidez. Al momento vio la cara del visitante y le sonrió; como había sido siempre, venía a visitarla discretamente sin que los demás lo supieran.
Damian despertó casi a medio día, tenía la cabeza embotada, ya no era tan joven y los excesos pasaban la cuenta. Se duchó rápido y bajó a desayunar. Las caras del resto del grupo no eran mejores que la suya, eso le consoló.
Hasta la hora de comer no echaron de menos a Judith. No era normal que no se hubiese presentado al desayuno, pero lo que no se hubiese levantado a esa hora y no tenía ninguna explicación en ella, la más madrugadora del grupo habitualmente. Subieron a buscarla, golpearon la puerta pero ella no contestaba; finalmente decidieron entrar y, nada más abrir la puerta y asomar la mirada en aquella estancia, se arrepintieron de haberlo hecho. Todo se hallaba en su sitio, colocado como si nada hubiese sucedido, todo excepto la cama donde yacía Judith con los ojos muy abiertos y la cabeza en una posición que no parecía ser compatible con el hecho de que ella pudiese seguir con vida. Miró a los ojos de sus dos acompañantes pero no fue capaz de encontrar culpabilidad en ninguno de los dos, sólo vio pánico.
Bajaron la escalera casi sin rozar lo peldaños y llamaron a la policía inmediatamente. Se sentaron los tres en el salón, cada uno pensando en las posibilidades de que alguno de los otros hubiese sido capaz de llevar a cabo una acción semejante. Ninguno de ellos podía imaginar a otro partiendo el cuello de Judith en plena noche.
Jordan desapareció camino de la cocina, necesitaba tomar un café inmediatamente o se derrumbaría cual fardo de patatas en medio del salón. Sus dos compañeros permanecieron sentados con la mirada perdida en los ventanales por los que se veía el lago del jardín.
A los pocos minutos sintió el agradable paso del café caliente por su garganta, estaba disfrutándolo cuando sintió que algo se movía tras de él. La taza se estrelló contra el suelo haciéndose añicos y su cuerpo, sin vida, la siguió instantes después. Mientras tanto el tercero de los visitantes, Simon, yacía igualmente inerte en uno de los sofás.
Cuando llegó la policía no pudo encontrar al dueño de la mansión, sólo descubrieron su ropa en un bote flotando en el centro del lago. Mientras, Damian viajaba hacia el fondo de aquellas oscuras aguas, sin comprender por qué había matado a sus tres amigos, por qué acto segido había sentido el impulso de ponerse a remar hasta el centro del lago para después despojarse de sus ropas y dejarse caer en el agua gélida.
Pero la respuesta estaba en lo más profundo, donde con mezcla de horror y sorpresa se vio a si mismo, muerto, maltratado por el tiempo y el agua. De pronto empezó a comprender, su destino estaba escrito, se había escrito en día en que murió a causa de una broma de sus tres mejores amigos, que le arrojaron al lago del que no pudo salir. Comprendió que desde aquel momento indeterminado del pasado, se reencarnaría una y otra vez, conocería a tres personas, tendría éxito, compraría de nuevo aquella casa y mataría a los tres amigos antes de volver una vez más al fondo de aquellas aguas, ejecutando una y otra vez una venganza infinita por lo que le habían hecho.
Aquel día, al levantarse, una idea empezó a germinar en su mente. Echaba de menos los viejos tiempos, aquellos en los que viajaba en metro, en los que se juntaba en su piso compartido con sus amigos a comer pizza y beber cervezas mientras veían una película en la televisión. A la hora del desayuno ya lo tenía decidido, antes de comer salieron de su ordenador las invitaciones para un fin de semana en su casa para aquellos a los que no veía desde hacía años.
Al fin llegó el fin de semana deseado y aparecieron los tres invitados. Sintió una gran alegría, algo en su interior se regocijaba y los dolores de cabeza, tan frecuentes últimamente, no le habían atacado en toda la semana. Cenaron juntos bebiendo cerveza y riendo mientras recordaban aquellas tertulias alrededor de la pizza traída de Luigi’s. La noche se alargó y se fueron a dormir casi al alba.
Judith, la única mujer del grupo, estaba ya en la cama a punto de quedarse dormida cuando la puerta de su habitación se abrió, despacio, como con timidez. Al momento vio la cara del visitante y le sonrió; como había sido siempre, venía a visitarla discretamente sin que los demás lo supieran.
Damian despertó casi a medio día, tenía la cabeza embotada, ya no era tan joven y los excesos pasaban la cuenta. Se duchó rápido y bajó a desayunar. Las caras del resto del grupo no eran mejores que la suya, eso le consoló.
Hasta la hora de comer no echaron de menos a Judith. No era normal que no se hubiese presentado al desayuno, pero lo que no se hubiese levantado a esa hora y no tenía ninguna explicación en ella, la más madrugadora del grupo habitualmente. Subieron a buscarla, golpearon la puerta pero ella no contestaba; finalmente decidieron entrar y, nada más abrir la puerta y asomar la mirada en aquella estancia, se arrepintieron de haberlo hecho. Todo se hallaba en su sitio, colocado como si nada hubiese sucedido, todo excepto la cama donde yacía Judith con los ojos muy abiertos y la cabeza en una posición que no parecía ser compatible con el hecho de que ella pudiese seguir con vida. Miró a los ojos de sus dos acompañantes pero no fue capaz de encontrar culpabilidad en ninguno de los dos, sólo vio pánico.
Bajaron la escalera casi sin rozar lo peldaños y llamaron a la policía inmediatamente. Se sentaron los tres en el salón, cada uno pensando en las posibilidades de que alguno de los otros hubiese sido capaz de llevar a cabo una acción semejante. Ninguno de ellos podía imaginar a otro partiendo el cuello de Judith en plena noche.
Jordan desapareció camino de la cocina, necesitaba tomar un café inmediatamente o se derrumbaría cual fardo de patatas en medio del salón. Sus dos compañeros permanecieron sentados con la mirada perdida en los ventanales por los que se veía el lago del jardín.
A los pocos minutos sintió el agradable paso del café caliente por su garganta, estaba disfrutándolo cuando sintió que algo se movía tras de él. La taza se estrelló contra el suelo haciéndose añicos y su cuerpo, sin vida, la siguió instantes después. Mientras tanto el tercero de los visitantes, Simon, yacía igualmente inerte en uno de los sofás.
Cuando llegó la policía no pudo encontrar al dueño de la mansión, sólo descubrieron su ropa en un bote flotando en el centro del lago. Mientras, Damian viajaba hacia el fondo de aquellas oscuras aguas, sin comprender por qué había matado a sus tres amigos, por qué acto segido había sentido el impulso de ponerse a remar hasta el centro del lago para después despojarse de sus ropas y dejarse caer en el agua gélida.
Pero la respuesta estaba en lo más profundo, donde con mezcla de horror y sorpresa se vio a si mismo, muerto, maltratado por el tiempo y el agua. De pronto empezó a comprender, su destino estaba escrito, se había escrito en día en que murió a causa de una broma de sus tres mejores amigos, que le arrojaron al lago del que no pudo salir. Comprendió que desde aquel momento indeterminado del pasado, se reencarnaría una y otra vez, conocería a tres personas, tendría éxito, compraría de nuevo aquella casa y mataría a los tres amigos antes de volver una vez más al fondo de aquellas aguas, ejecutando una y otra vez una venganza infinita por lo que le habían hecho.