lunes, 13 de diciembre de 2010

Llegó la ....

Las señales comenzaron de nuevo. Cada 12 meses llegaban de forma inexcusable.

Primero llegaba el frío, luego comenzaban a encenderse luces por doquier, surgían adornos florales y otros rojos o dorados por cada esquina, en los salones de la mayoría de las casas crecían árboles repletos de aderezos multicolores, las manos de los paseantes se llenaban de bolsas y los vendedores no cesaban de anunciar sus mercaderías.

Decididamente había llegado la hora; cogió su cartera, puso dentro el poco dinero que le había sobrado después de un largo año y se lanzó a la vorágine de compras.


viernes, 19 de noviembre de 2010

Adios

Llegó a casa como cada tarde, contenta, con ganas de conversar con él, de contarle lo imbécil que era aquel tipo al que tenía que soportar delante de ella durante ocho horas cada día. Pero esa tarde había algo distinto en la casa, nada más entrar notó que algo estaba sucediendo; su cuerpo se tensó, su mente se puso en estado de alerta.
Le llamó una, dos, tres veces... no hubo respuesta.
Buscó por la casa y no le encontró, a cambio halló una nota sobre la mesa de la cocina. Allí estaba lo que inconscientemente estaba buscando, lo que había presentido nada más traspasar el umbral de su hogar. Desplegó el manuscrito lentamente, pudo ver como se abría a cámara lenta, podía escuchar cada crujido del papel con total nitidez, nada más en el mundo existía para ella en ese instante.
Así comenzaba aquella misiva....


Lo siento, no puedo seguir fingiendo más.
La vida a tu lado ha cambiado, se ha convertido en una condena, llena de sinsabores y contrasentidos.
Hace tiempo que el amor e, incluso, la atracción física murieron. Cada día, al llegar a casa solo podía pensar en vivir lejos de ti, de tus continuos cambios, de tus decisiones cambiantes e ilógicas. Perdieron sentido las caricias y los besos, que sólo me aportaban desazón.
He estado fingiendo mucho tiempo, ocultando mis verdaderos sentimientos, poniendo una máscara sobre mi cara y mi alma, pero ya no consigo mantenerla en su sitio. No quiero que lo que llevo dentro salga y comencemos una batalla en la que sólo podemos conseguir hacernos daño los dos y en la que nadie ganará nada. Prefiero irme, desaparecer en un "mutis por el foro" que no aporte dolor a lo que, en un tiempo, fue una bonita relación.
No sé donde iré mas, aunque lo supiese, preferiría no decírtelo; quiero terminar aquí, no deseo volver a enfrentarme a esas lágrimas que muchas veces me han convencido aunque, en mi fuero interno, yo sabía que estaba cediendo con el único fin de no hacerte daño, pero no por convencimiento propio de que tuvieses razón.
No puedo terminar esta carta con besos o abrazos, simplemente:


El papel cayó al suelo, suave, flotando en un baile horrible, mostrando y ocultando aquellas letras que habían hundido una lanza en su pecho.
Ella se desplomó sobre la silla y su cabeza cayó sobre las manos apoyadas en la mesa donde tantas veces habían estado sentados, compartiendo comida y risas, todos los recuerdos se agolpaban en ese momento, pero lo único que consiguió hacer fue comenzar a llorar...


miércoles, 19 de mayo de 2010

Cristal

Allí estaba, erguido en su eterna postura sobre la estantería. El hombrecillo de cristal no podía apartar la vista de su amada. Había compartido muchas horas con ella, en la estantería del taller del cristalero: su Hacedor.

Ahora ella estaba sobre la mesa, lejos de él. Con la nueva apariencia que le había dado el Hacedor tras la desgracia.

Podía recordar la primera vez que la vio, aún desprendía el calor del horno de donde había surgido. Le habían gustado sus formas desde el primer momento y se dio la afortunadísima circunstancia de que a ella también él le había parecido encantador.

Pero un día toda la magia se rompió en mil pedazos, los mismos en los que se había convertido su amada al caer desde lo alto de la estantería hasta el duro suelo de mármol del taller. El Hacedor recogió los trozos, los puso en un crisol y los volvió a introducir en el horno; él siguió todo el proceso con una atención infinita desde su atalaya, vio como el crisol tomaba temperatura, como iba cambiando de color según recibía el calor, vio como los restos de la que había sido todo para él se fundían, observó atentamente como el Hacedor sacaba aquella pasta líquida del horno y la metía en un molde. Esperó paciente a que se enfriara y endureciese de nuevo.

Por fin llegó el gran momento, cuando fue retirado el molde y la nueva forma apareció ante sus vítreos ojos…. Y entonces, el hombre de cristal notó como una lágrima rodaba por su cara, su amada, el objeto de sus tribulaciones había sido convertida en….

miércoles, 21 de abril de 2010

El águila

Había un rey al que le regalaron una cría de águila. La cuidó con mucho cariño, mirando siempre que no le faltase de nada y que estuviese lo mejor posible en el nido que él mismo le había construido.

Pasó el tiempo y llegó la hora de que el ave comenzase a volar. Un soleado día de primavera la sacó al jardín y la colocó en una rama alta de su árbol preferido, esperando que se lanzase a volar de inmediato.

Pero sucedió que el águila permaneció posada en la rama toda la mañana, toda la tarde, la mañana siguiente y la tarde siguiente y así durante varios días. Al cabo de un tiempo el rey comenzó a desesperarse porque su pájaro no parecía tener interés en emprender el vuelo.

Llamó al cuidador de aves del reino y le encargó que consiguiese que aquél águila volase. Éste lo intentó durante varios días, pero no consiguió que el ave abandonase la rama. Desesperado, consultó con otros cuidadores del reino, pero nadie conseguía el objetivo marcado por el rey.

El rey pidió ayuda a otros monarcas que le enviaron a sus mejores expertos para intentar solucionar en problema. Unos intentaban asustar al animal con ruidos estruendosos, otros con movimientos vehementes, pero ninguno consiguió nada.

Un buen día pasó cerca de palacio un anciano vestido de forma sencilla que, al enterarse del problema del rey, se presentó en palacio he hizo una propuesta: intentaría hacer volar al águila y, si lo conseguía, quería como recompensa una pequeña casa y una pensión alimenticia para el resto de sus días. La proposición fue aceptada de inmediato y el viejecillo fue conducido hasta el jardín real donde pidió quedarse a solas con el ave.

Al poco todos pudieron ver al águila volando majestuosa sobre las torres del castillo. La gente se agolpó a la salida de los jardines para poder ver salir de allí al hombrecillo que había logrado lo que muchos sabios y expertos no habían conseguido. Al frente del gentío estaba el rey, que no pudo evitar la pregunta:

- ¿Cómo consiguió que volara?
- Corté la rama – contestó serenamente el anciano, que se dirigió hacia el pueblo cercano donde esperaba encontrar el alojamiento que le había sido prometido.

PS. Casi siempre la mejor motivación es la más sencilla.

jueves, 4 de marzo de 2010

El lago

Damian tenía una gran casa, varios coches y se permitía todos los caprichos que se le ocurrían. Pero gran parte del tiempo se sentía sólo y la cabeza la comenzaba a palpitar con un dolor que, más de una vez, le llevó a pensar que su cráneo iba a estallar. Cuando esto sucedía lo único que le calmaba era remar en el pequeño estanque que había en la parte posterior de la casa.

Aquel día, al levantarse, una idea empezó a germinar en su mente. Echaba de menos los viejos tiempos, aquellos en los que viajaba en metro, en los que se juntaba en su piso compartido con sus amigos a comer pizza y beber cervezas mientras veían una película en la televisión. A la hora del desayuno ya lo tenía decidido, antes de comer salieron de su ordenador las invitaciones para un fin de semana en su casa para aquellos a los que no veía desde hacía años.

Al fin llegó el fin de semana deseado y aparecieron los tres invitados. Sintió una gran alegría, algo en su interior se regocijaba y los dolores de cabeza, tan frecuentes últimamente, no le habían atacado en toda la semana. Cenaron juntos bebiendo cerveza y riendo mientras recordaban aquellas tertulias alrededor de la pizza traída de Luigi’s. La noche se alargó y se fueron a dormir casi al alba.

Judith, la única mujer del grupo, estaba ya en la cama a punto de quedarse dormida cuando la puerta de su habitación se abrió, despacio, como con timidez. Al momento vio la cara del visitante y le sonrió; como había sido siempre, venía a visitarla discretamente sin que los demás lo supieran.

Damian despertó casi a medio día, tenía la cabeza embotada, ya no era tan joven y los excesos pasaban la cuenta. Se duchó rápido y bajó a desayunar. Las caras del resto del grupo no eran mejores que la suya, eso le consoló.

Hasta la hora de comer no echaron de menos a Judith. No era normal que no se hubiese presentado al desayuno, pero lo que no se hubiese levantado a esa hora y no tenía ninguna explicación en ella, la más madrugadora del grupo habitualmente. Subieron a buscarla, golpearon la puerta pero ella no contestaba; finalmente decidieron entrar y, nada más abrir la puerta y asomar la mirada en aquella estancia, se arrepintieron de haberlo hecho. Todo se hallaba en su sitio, colocado como si nada hubiese sucedido, todo excepto la cama donde yacía Judith con los ojos muy abiertos y la cabeza en una posición que no parecía ser compatible con el hecho de que ella pudiese seguir con vida. Miró a los ojos de sus dos acompañantes pero no fue capaz de encontrar culpabilidad en ninguno de los dos, sólo vio pánico.

Bajaron la escalera casi sin rozar lo peldaños y llamaron a la policía inmediatamente. Se sentaron los tres en el salón, cada uno pensando en las posibilidades de que alguno de los otros hubiese sido capaz de llevar a cabo una acción semejante. Ninguno de ellos podía imaginar a otro partiendo el cuello de Judith en plena noche.

Jordan desapareció camino de la cocina, necesitaba tomar un café inmediatamente o se derrumbaría cual fardo de patatas en medio del salón. Sus dos compañeros permanecieron sentados con la mirada perdida en los ventanales por los que se veía el lago del jardín.

A los pocos minutos sintió el agradable paso del café caliente por su garganta, estaba disfrutándolo cuando sintió que algo se movía tras de él. La taza se estrelló contra el suelo haciéndose añicos y su cuerpo, sin vida, la siguió instantes después. Mientras tanto el tercero de los visitantes, Simon, yacía igualmente inerte en uno de los sofás.

Cuando llegó la policía no pudo encontrar al dueño de la mansión, sólo descubrieron su ropa en un bote flotando en el centro del lago. Mientras, Damian viajaba hacia el fondo de aquellas oscuras aguas, sin comprender por qué había matado a sus tres amigos, por qué acto segido había sentido el impulso de ponerse a remar hasta el centro del lago para después despojarse de sus ropas y dejarse caer en el agua gélida.

Pero la respuesta estaba en lo más profundo, donde con mezcla de horror y sorpresa se vio a si mismo, muerto, maltratado por el tiempo y el agua. De pronto empezó a comprender, su destino estaba escrito, se había escrito en día en que murió a causa de una broma de sus tres mejores amigos, que le arrojaron al lago del que no pudo salir. Comprendió que desde aquel momento indeterminado del pasado, se reencarnaría una y otra vez, conocería a tres personas, tendría éxito, compraría de nuevo aquella casa y mataría a los tres amigos antes de volver una vez más al fondo de aquellas aguas, ejecutando una y otra vez una venganza infinita por lo que le habían hecho.